¿Solo es cuestión de mujeres?

Pensemos por un momento si hemos sido la mosa o el moso de alguien. No lo responda, no lo admita. Ahora recordemos si alguna vez nos han sido infiel, si fue así tampoco lo diga, no hace falta.

La realidad es que todos hemos sido uno de los dos casos o de ambos. Que no nos hayamos enterado no nos excluye, por lo menos lo hemos dudado, en hacerlo o en si nos lo hacen. Sin embargo, esta obra no habla de la duda. Los personajes ya están claros de la situación, cada una se miente, se justifica, se culpa y culpa a la otra. Aquí uno no se pregunta, ¿Quién tiene la culpa?, el de la culpa no está y creemos que él tampoco la tiene.

La escenografía nos adelanta un poco de qué nos quiere hablar. Desde que se entra el ambiente es oscuro, sólo dos colores, blanco y negro. Ningún personaje pertenece solo a un color, ahí se puede intuir que ninguna es buena como el blanco o mala como se asocia al negro.

Además de música en vivo, estas dos mujeres nos sorprenden con un mini show entre telas colgantes. La belleza de Linda Lucía Callejas nos hace cuestionar en toda la obra: “¿quién le sería infiel a una mujer así? Y al mirar a María Camila Porras, solo se piensa ¡qué mujer tan linda!. Los ojos de los espectadores van de un lado al otro del escenario, no se sabe a quién mirar. Además que su físico no es lo único que destacan en la obra, también sus impresionantes voces y su forma de decir el diálogo.

Entre monólogos y canciones, la obra nos va confesando los pensamientos más vulnerables que uno cree en toda esta situación. Desde los más altos hasta los más bajos y egoístas. Nuestra parte más vil del ser humano, en este caso de la mujer, esa que sacamos cuando tenemos el orgullo herido y salimos con comentarios tipo: “Él busca lo que no le dan en la casa” o “Ella es solo un pasatiempo, yo soy la oficial”. Frases que solo buscan alejarnos del problema pero nos terminan haciendo más daño.  Caemos en echarle la culpa a la otra persona, en este caso a la otra mujer, excluyendo al hombre de la situación. Comportamientos que no hemos podido evitar en nuestra sociedad, donde vemos a las mujeres como competencia y no como compañera, incluso en situaciones como ésta en donde ambas se encuentran en desventaja.

El espectador es el cómplice; somos la amante, somos la esposa y también somos el infiel. Entre risas y caras serias nos damos cuenta que todas las frases las conocemos. Todas las hemos pensado, las hemos escuchado o nos las han dicho. Una obra que te hace entender a cada personaje, en vez de cuestionarlo y te sensibiliza hasta el punto de querer un tipo de justicia. Pero que al final, sólo invita a la reflexión.

Vaya a verla, la dicha del cómplice es que se sabe toda la historia sin resultar culpable.

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